Prólogo
David significa «amado», o eso dicen, y nunca le di demasiada importancia al nombre, no por falta de interés sino porque no había nada que sostener en esa palabra, nada que la justificara en la práctica. Las historias no siempre encajan y los nombres no garantizan nada.
Es difícil señalar un punto de partida sin cambiarlo, porque cuando intento fijarlo, ya estoy dentro y todo fluye con naturalidad. La habitación sigue iluminada, las distancias son precisas y mis movimientos encajan perfectamente. Aunque, claro, lo que debería ser una conversación apenas alcanza la palabra.
Las líneas de Langer no eran más que la forma en que la piel decide organizarse por dentro, la dirección en la que las fibras de colágeno se tensan y se alinean, como si el cuerpo, en su obsesión por el orden, hubiera trazado una red invisible bajo la superficie.



